La próxima semana sale a la venta «Hardcore will never die, but you will», el nuevo disco de los escoceses Mogwai, uno de mis grupos musicales favoritos. La portada, que muestra una impresionante vista sobre el río Hudson, en la ciudad de Nueva York, es obra del inglés Antony Crook, un fotógrafo que desconocía por completo y cuyo trabajo, sobre todo el personal, centrado en el paisaje, me ha sorprendido gratamente. ¡Los de Glasgow tienen buen ojo!
La revista online de tendencias My Modern Metropolis ha publicado recientemente un artículo sobre mi serie «Little People» y una pequeña entrevista que me hicieron hace unos días en la que cuento algunos detalles sobre mi serie «Caged» y que traduzco parcialmente a continuación:
P: ¿De dónde proviene la inspiración para crear la serie «Caged»? R: El proyecto empezó por casualidad en el año 2008. Estaba de visita en el zoo de la ciudad, lugar al que no iba desde hacía mucho tiempo, y comencé a tomar fotografías de los animales cautivos, tal como hacían todos los demás visitantes. Mi atención se desviaba constantemente hacia sus ojos, que parecían muy tristes, y acabé dirigiendo la mirada hacia ellos. Tenía curiosidad por saber si mis impresiones resultarían evidentes cuando los demás vieran las fotografías. Me preguntaba si ese viejo dicho popular, aplicado a las personas, que dice que «los ojos son el espejo del alma» podría también aplicarse a los animales.
P: ¿Qué sientes al ver las fotografías? ¿Sientes lástima por los animales? R: Como ya he dicho antes, estaba más interesado en los sentimientos y las emociones que los demás pudieran expresar que en los míos propios. Las reacciones, hasta el momento, han sido muy variadas. Algunas personas sienten pena por los animales, mientras que otras no ven nada malo en los parques zoológicos, cosa que me parece muy interesante. Básicamente, la intención de este trabajo era comprobar la capacidad que tiene la fotografía de provocar empatía hacia los demás.
Cuando hablamos de fotografía de surf inmediatamente nos vienen a la cabeza las típicas, y manidas desde mi punto de vista, imágenes de jóvenes surfistas deslizándose sobre enormes olas de color turquesa, que de tan perfectas parecen irreales.
En su trabajo «Escapistas», el fotógrafo Pedro Álvarez se aleja de los estereotipos habitualmente asociados a este tipo de fotografía y nos ofrece una visión más simbólica, y un tanto sombría, de la práctica del surf, deporte al que es aficionado. En lugar de mostrarnos a los surfistas en acción, que sería la opción más obvia, Álvarez es más sutil y sugiere este encuentro entre hombre y naturaleza contraponiendo imponentes marinas nocturnas con primeros planos de los rostros agotados, y a la vez satisfechos, de los deportistas, de forma que es el espectador el encargado de completar la narración.
Si hay algo que parece molestar a todo aficionado a la fotografía es no poder lucir su equipo. La cámara y sus objetivos, cuanto más grandes son, con más orgullo se lucen. Y un viaje no deja de ser el escaparate ideal para ver y ser visto. El corolario vendría a ser más o menos el siguiente: si el percentil de miradas hacia tu equipo es menor al percentil de miradas que diriges tú a los equipos de otros, entonces todavía tienes que seguir invirtiendo para mejorar tu equipo. De lo contrario, te puedes relajar en el gasto y presumir de él durante, al menos, otros seis meses. Otra cosa es ya que sepas hacer fotos con él pero eso da un poco igual porque tampoco vas a ir enseñándolas por ahí. Pero, a lo que vamos… ¿Realmente tiene sentido fuera de lucir cámara y objetivos cargar con todo nuestro equipo de gala en un viaje?
¿En qué se parece la obra de Lee Friedlander y Navia? ¿Y la de Gonzalo Juanes y Txema Salvans? ¿Y la de Joel Peter-Witkin y Ralph Gibson? La respuesta a todas estas preguntas y muchas más las encontraréis en la serie de parecidos razonables que mi amigo Pedro fue colgando en su perfil privado de Facebook a lo largo del año pasado y que ahora ha hecho accesible a todo el mundo a través de su recién inaugurada página pública en la susodicha red social.
Lo que empezó como un estudio comparativo de la obra de André Kertész y Henri Cartier-Bresson para la asignatura de historia de la fotografía de la escuela en la que estudió durante dos años ha acabado siendo, sin pretenderlo, un muy buen trabajo de investigación que plantea hasta qué punto puede un artista liberarse de su propio bagaje cultural y ser totalmente original.
Si sois asiduos a los foros de fotografía seguramente conoceréis esa regla no escrita que «prohíbe» tajantemente situar el sujeto de una fotografía en el centro de la misma. Gracias a mi amigo Alfonso, descubro al fotógrafo suizo Jonas Fornerod, cuya enigmática serie de autorretratos, titulada con acierto «The center of my world», es toda una declaración de principios en contra de esta absurda norma.
A lo largo del siglo XX las ciudades de todo el mundo experimentaron un notable crecimiento demográfico, en un proceso simultáneo a la concentración industrial y de servicios. Este fenómeno dio lugar a un importante proceso urbanizador en el entorno inmediato de las mismas a costa del espacio rural. Como consecuencia, actualmente, cada vez es más difícil discernir qué es lo urbano y qué es lo rural, así como delimitar con claridad las fronteras que separan lo primero de lo segundo.
En este contexto de indefinición, el fotógrafo Francesc Vera ha desarrollado entre los años 2003 y 2008 un interesante trabajo centrado esos rincones anónimos, próximos a lo que el antropólogo francés Marc Augé llama «no-lugares», que podemos encontrar habitualmente en el extrarradio de cualquier ciudad, desde París hasta Londres, pasando por Milán, Estocolmo o Berlín. Aeropuertos, estaciones de transporte, aparcamientos, complejos de oficinas, hoteles, grandes superficies, todos ellos espacios perfectamente localizables con precisión de GPS pero que, al carecer de señas de identidad, podrían configurar, en conjunto, una ciudad global, aquella que es, al mismo tiempo, todas las ciudades y ninguna.
Mi recomendación para todos aquellos que durante estas fiestas hagan fotos es que no caigan en la trampa habitual de preparar las tomas. La mayoría de álbumes familiares son un instrumento de propaganda, todo el mundo sale perfecto y sonriendo; creamos una mentira sobre nosotros mismos. Si estos días hacéis una foto a alguien, pedidle que no sonría. Conseguiréis un retrato mucho más digno e interesante, y no parecerá la típica foto de álbum familiar.
Estamos acostumbrados a la mirada directa en la fotografía de reportaje porque la mayoría se hace para los periódicos y las revistas, y deben ser próximas y contundentes. Perfecto para su contexto, pero no es la única manera de mirar.
As we’re moving more and more into the digital world, we are losing our sense of the photograph as an object. You might argue that, well, there will be digital devices that you will use. But that’s not quite the same, is it? In fact, if you think that the experience of looking at a photograph on an iPad, say, is the same as holding an actual photograph, especially an old studio portrait, then you might just have no idea what I’m talking about.