«Érase una vez un viajero» es un proyecto ambientado a mediados del siglo XX. A través del autorretrato, el artista encarna a un viajero solitario que recorre paisajes alejados de lo monumental y de lo reconocible, lugares que podrían estar en cualquier rincón del mundo. Las imágenes muestran a un personaje vestido con traje transitando caminos secundarios y pueblos anónimos, escenarios que acaban hablando de él.
Realizado íntegramente a solas, el proyecto combina fotografía, performance y ficción literaria. Cada fotografía funciona como un fragmento de una novela que no existe o como la promesa de un relato que nunca termina de revelarse. «Érase una vez un viajero» es, en esencia, una reflexión sobre la melancolía, la soledad y el desarraigo, pero también sobre el acto de caminar como forma de resistencia íntima frente a la aceleración del presente.
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Stadt. Ese era su apellido y así figuraba en su pasaporte, un documento desgastado por el tiempo y las fronteras cruzadas. Nacido en un pequeño pueblo del norte, sus primeros recuerdos estaban ligados a colinas verdes y campos dorados que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Sin embargo, su vida tomaría un rumbo inesperado cuando, siendo apenas un niño, su familia decidió partir en busca de nuevas oportunidades. Aquel primer viaje, marcado por el eco de las despedidas, presagiaba un porvenir de incesante movimiento, una vida destinada a ser narrada en las estaciones de tren, los senderos solitarios y los cafés de las ciudades del mundo.
En memoria de José Luis Infante Faura, incansable flâneur