¡Haced muchas fotos!

Penelope Umbrico

«¡Haced muchas fotos!»: así nos desean los amigos que disfrutemos de un viaje, y nosotros les hacemos caso. Cada año se hacen casi un trillón de fotografías de cualquier cosa que pueda fotografiarse: familias, comidas, paisajes, coches, dedos, gatos, pasta de dientes, tubos, cielos, semáforos, atrocidades, pomos de puertas, cascadas, una incontenible mezcolanza que no solo cataloga el mundo de las cosas visibles, sino que aumenta su abundancia. Estamos rodeados por tantas descripciones de cosas como de cosas en sí mismas.
Las consecuencias son numerosas y complejas: más placer inmediato, más información y una experiencia de la vida más cosmopolita para muchísimas personas, pero también una exposición constante a lo ilusorio y un conocimiento íntimo de lo falso. Cada pocos segundos te llega una fotografía, y la lingua franca es la exageración. Se ha vuelto difícil plantarse envuelto en la gloria de una sola imagen, como hacían antaño quienes contemplaban un cuadro. La marea de imágenes ha aumentado nuestro acceso a maravillas y al mismo tiempo ha disminuido nuestra capacidad de sorpresa. Vivimos en un exceso inevitable.

– Teju Cole, “Quien lo encuentra se lo queda”

La continuidad de las ciudades

Todas las ciudades son una única ciudad. Lo interesante es encontrar, en esta continuidad de ciudades, las diferencias de textura menos obvias: los signos, las marcas, los ensamblajes, las cosas escondidas a simple vista en cada paisaje: cómo varían las farolas y las señales de tráfico, las tipografías más comunes, las pequeñas variaciones en los códigos de construcción, los anuncios efímeros, la manera como se pintan las paredes, el cambio evidente en la gama de tonos en el vestuario de la gente, el color de la ausencia humana, el equilibrio entre los productos industriales y aquellos hechos a mano, los mayores o menores niveles de acabado, la melodía visual de las infraestructuras al interactuar con el terreno: pared, techo, planta, cable, alcantarilla; lo que está en todas partes pero en todas partes es ligeramente diferente.

– Teju Cole, “Blind Spot”

Tendencias

Las tendencias artísticas han contribuido a cuestionar los principios formales del lenguaje; la poesía, en su otro papel se debate y explora los recursos del lenguaje con diferente finalidad: seguir explorando a través del ‘yo’ los aspectos invisibles que se dan en toda realidad o, en otro término, desvelar y revelar lo latente que se amaga en lo representado. La finalidad de la poesía no es cuestionar sino explorar. Estos dos aspectos, cuestionar y explorar, son antagónicos como principios creativos pero complementarios en la necesidad de dar evolución al lenguaje en sus diferentes manifestaciones. No obstante, la contemporaneidad parece decidida a querer anunciar y constatar el final de la fotografía como poesía al ser considerada como un vestigio del pasado porque el ‘yo’ ha dejado de estar considerado en el arte como principio aglutinador; un aspecto que se extiende a cualquier otra disciplina artística. No se ha entendido —o no se ha querido entender— que el hecho de que surjan nuevas tendencias artísticas no es motivo para confinar las manifestaciones de la poesía a un lejano y apartado escollo por su forma de interpretar el arte.

– Llorenç Raich, “Fotografía como poesía”

Cuñados fotográficos

Además, gracias a mi relación con la gente del mundillo fue como descubrí el gran superpoder, el don con el que venimos al mundo los artistas y que sólo te es revelado en otro tipo de cuartos oscuros. Me refiero a la capacidad de sentar cátedra, de erigirnos en especialistas de cualquier campo del conocimiento o de la experiencia humana a poco que nos pongamos a hacer fotos sobre ello. Por el objetivo no entra sólo la luz que materializa la foto, se filtra también toda la sapiencia que rodea a lo fotográfico y debes transmitir inmediatamente cual profeta.

– Cienojetes, “Por qué ser fotógrafo si puedes ser artista”

Arte político

Uno de los motivos por los que no me gustan en particular las películas políticas es que están hechas sólo de “momentos álgidos”, es decir, los acontecimientos están representados uno tras otro sin apenas tregua y acaban por parecer irreales. La vida también está hecha de pausas, de transiciones, de silencios, y en las películas políticas no se da espacio a estos momentos. Sin estos “momentos de transición”, que a mi modo de ver son los más auténticos, una historia pierde interés.

– Michelangelo Antonioni

En paz

Sólo sé que de repente me empecé a ver rodeado de personas que se decían amigas mías y que, no contentas con eso, pretendían decirme lo que tenía que hacer, y a qué sitios debía ir y a cuáles no, y hasta cómo tenía que pintar. Y eso que yo a nadie le había pedido consejo. Al contrario, lo único que yo pedía era que me dejaran vivir y pintar en paz.

Pero les daba lo mismo todo. Con una disculpa u otra, se presentaban en mi casa a cualquier hora o me llamaban continuamente proponiéndome los más diversos asuntos y las ideas más insospechadas. Ideas que, por supuesto, yo debía aceptar sin discutir o, como mucho, hacerlo, pero participando en ellas. Cosa que hacía algunas veces, más que nada por quitarme de encima a sus mentores, pero que sólo me servía para que éstos se creyeran con mayor autoridad para involucrarme en su siguiente idea o negocio.

– Julio Llamazares, “El cielo de Madrid”

El infierno

A mí me pasaba igual, pero por causas muy diferentes. Por carácter, sobre todo, pero también por ese temor que me acompaña desde pequeño a defraudar a la gente que, por la razón que sea, se te acerca, a ti o a tu obra, aparentemente con admiración. Aunque eso no es siempre así. Hay veces en que, al contrario, su aparente admiración esconde otras intenciones, no siempre reconocibles o confesables en alta voz. Cosa que me desconcierta mucho y que me llena de desazón cuando ocurre, pero que me descorazonaba aún más cuando comencé a moverme por aquel mundo que Cuesta y Suso consideraban, cada uno por razones diferentes, el infierno, pero que para mí tenía aún todo el atractivo de los lugares desconocidos y de los mundos cerrados que no están al alcance de cualquiera. Si bien que mediatizado por el temor que, al mismo tiempo, me producía.

El atractivo se desvaneció muy pronto. Tan pronto como lo conocí por dentro y confirmé todas mis sospechas; unas sospechas alimentadas a lo largo de muchos años de imaginarlo y de criticarlo y que contrastaba ahora con la realidad. Y eso que, desde el primer momento, parecía que todos se habían confabulado para hacerme sentir uno más en él.

Pero en ningún momento pudieron conseguirlo. Por más que lo intentaron unos y otros, desde la propia Corine, que ahora me trataba como antaño a Pepe Rubio y a Alvarado y me invitaba a todas sus fiestas, incluso a las más privadas, al último de los críticos, yo nunca me sentí bien entre ellos ni partícipe de aquel mundo del que, en teoría al menos, había entrado ya a formar parte. Al contrario, cuanto más lo conocía, más fuera de él me sentía, pese a que, por educación o miedo, disimulara mis sentimientos.

– Julio Llamazares, “El cielo de Madrid”

Un punto de partida

Un día Dorothea Lange vio mi trabajo y me dijo: “Ya sé lo que te pasa, Raphael, te falta un punto de partida”. A continuación, me explicó que si bajaba a la farmacia a comprar pasta de dientes, la probabilidad de encontrar una fotografía memorable era mucho mayor que si me paraba en una esquina de la calle esperando a que ocurriera algo. Afirmaba que todo fotógrafo ha de tener un plan, un punto de partida. Este consejo se convertiría en la columna vertebral de mi proceso creativo.

– Ralph Gibson, “Refractions. Thoughts on Aesthetics and Photography”