Etc…

El infierno

A mí me pasaba igual, pero por causas muy diferentes. Por carácter, sobre todo, pero también por ese temor que me acompaña desde pequeño a defraudar a la gente que, por la razón que sea, se te acerca, a ti o a tu obra, aparentemente con admiración. Aunque eso no es siempre así. Hay veces en que, al contrario, su aparente admiración esconde otras intenciones, no siempre reconocibles o confesables en alta voz. Cosa que me desconcierta mucho y que me llena de desazón cuando ocurre, pero que me descorazonaba aún más cuando comencé a moverme por aquel mundo que Cuesta y Suso consideraban, cada uno por razones diferentes, el infierno, pero que para mí tenía aún todo el atractivo de los lugares desconocidos y de los mundos cerrados que no están al alcance de cualquiera. Si bien que mediatizado por el temor que, al mismo tiempo, me producía.

El atractivo se desvaneció muy pronto. Tan pronto como lo conocí por dentro y confirmé todas mis sospechas; unas sospechas alimentadas a lo largo de muchos años de imaginarlo y de criticarlo y que contrastaba ahora con la realidad. Y eso que, desde el primer momento, parecía que todos se habían confabulado para hacerme sentir uno más en él.

Pero en ningún momento pudieron conseguirlo. Por más que lo intentaron unos y otros, desde la propia Corine, que ahora me trataba como antaño a Pepe Rubio y a Alvarado y me invitaba a todas sus fiestas, incluso a las más privadas, al último de los críticos, yo nunca me sentí bien entre ellos ni partícipe de aquel mundo del que, en teoría al menos, había entrado ya a formar parte. Al contrario, cuanto más lo conocía, más fuera de él me sentía, pese a que, por educación o miedo, disimulara mis sentimientos.

– Julio Llamazares, “El cielo de Madrid”

El coleccionista de paradas de churros

El año nuevo me regala un pequeño artículo en la edición digital del diario La Vanguardia sobre mi trabajo de las paradas de churros barcelonesas firmado por la periodista Meritxell M. Pauné, una de las principales culpables de que este proyecto sea algo más que una idea, gracias a un artículo que escribió hace un par de años en ese mismo periódico sobre la progresiva desaparición de estos populares establecimientos de la ciudad.

Moltes gràcies, Meritxell!!!

¡A la tercera va la vencida!

¡A la tercera va la vencida! Tras dos ocasiones fallidas, este año he conseguido estar con un trabajo mío, la maqueta del proyecto “Urgell cantonada Borrell”, en el festival SCAN Tarragona (Gràcies, Roser Cambray!). Por si os pica la curiosidad, el librito está expuesto en la muestra SCAN Photobooks, que acoge hasta el 8 de enero el Tinglado 2 del Port de Tarragona.

SCAN Photobooks
SCAN Photobooks

Un punto de partida

Un día Dorothea Lange vio mi trabajo y me dijo: “Ya sé lo que te pasa, Raphael, te falta un punto de partida”. A continuación, me explicó que si bajaba a la farmacia a comprar pasta de dientes, la probabilidad de encontrar una fotografía memorable era mucho mayor que si me paraba en una esquina de la calle esperando a que ocurriera algo. Afirmaba que todo fotógrafo ha de tener un plan, un punto de partida. Este consejo se convertiría en la columna vertebral de mi proceso creativo.

– Ralph Gibson, “Refractions. Thoughts on Aesthetics and Photography”

Interrogar lo habitual

Los diarios hablan de todo, salvo de lo diario. Los diarios me aburren, no me enseñan nada; lo que cuentan no me concierne, no me interroga y además no responde a las preguntas que planteo o que quisiera plantear.

Lo que pasa realmente, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? ¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día y de lo que vuelve a pasar, de lo banal, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual? ¿Cómo interrogarlo? ¿Cómo describirlo?

Interrogar lo habitual. Pero, justamente, es a eso a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, parece no constituir un problema, lo vivimos sin pensar en ello, como si no transmitiera ninguna pregunta ni respuesta, como si no fuera portador de ninguna información. Ni siquiera es condicionamiento, es anestesia. Dormimos nuestra vida con un sueño sin sueños. Pero, ¿dónde está nuestra vida? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde está nuestro espacio?

– Georges Perec, “Lo infraordinario”

¿Qué había allí después?

Para mí las fotografías más reveladoras son aquellas en que por ejemplo hay dos personajes, el fondo de una casa y luego quizá a la izquierda, donde termina la foto, la sombra de un pie o de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a nuestra imaginación para decirnos: “¿Qué había allí después?”. Hay una atmósfera que partiendo de la fotografía se proyecta fuera de ella y creo que es eso lo que le da la gran fuerza a esas fotos que no son siempre técnicamente muy buenas ni más memorables que otras; las hay muy espectaculares que no tienen esa aureola, esa aura de misterio. Como el cuento, son al mismo tiempo un extraño orden cerrado que está lanzando indicaciones que nuestra imaginación de espectadores o de lectores puede recoger y convertir en un enriquecimiento de la foto.

– Julio Cortázar, “Clases de literatura”

Sobre cureitors y otras especies

A diferencia de una industria jerárquica tradicional, donde aquellos que ostentan el poder están claramente definidos y, habitualmente, sujetos a normas y regulaciones mediante las cuales ese poder se puede controlar, censurar o eliminar, la naturaleza fuertemente interconectada y distribuida de la industria fotográfica conduce a un difuso reparto de poder sin supervisión alguna. El resultado de todo esto es un sistema salpicado de un gran número de árbitros, generalmente autoproclamados. Pero lo peor es que muchos de estos intermediarios niegan o son incapaces de reconocer su propio poder, ni admiten la influencia que pueden llegar a tener sobre su parcela en esta industria.

– Lewis Bush, Disphotic

Urgell cantonada Borrell

Es un goteo discreto pero incesante. Las casetas de churros lentamente desaparecen de Barcelona. El Ayuntamiento de Barcelona decidió en 1990 que no daría nuevas concesiones para que ocupen la vía pública, por lo que cada vez que se jubila el dueño de una parada –mucho después de los 65, en la mayoría de casos– se produce la misma escena. Los hijos, que son los únicos con derecho a ‘heredar’ la concesión, han seguido otros caminos profesionales y declinan seguir con el negocio. Los padres no insisten, pues aspiran para ellos un trabajo mejor, sin jornadas maratonianas, festivos al pie del cañón y la estrechez de la parada. El consistorio sólo autoriza cambios de nombre en la concesión entre familiares de primer grado de consanguinidad, es decir, de padres a hijos y entre hermanos. Así que, tras bajar la persiana el último día, la parada se desmonta y se retira para siempre de esa calle o plaza. Otro barrio barcelonés queda sin churrería.

– Meritxell M. Pauné, Los puestos de churros de Barcelona, en peligro de extinción